Se Comienzan a vender en el país los primeros drones de uso casero

Alcanzan hasta 50 metros de altura y sirven para grabar videos desde el aire. Preocupa el uso del espacio aéreo.




Miles de drones (del inglés, abejorro) planean sobre los tejados del mundo. En el país ya se consiguen los primeros modelos de uso hogareño destinados a satisfacer rutinas cotidianas. Y aunque los servicios y funciones que ofrecen son de amplio espectro, existe también un vacío legal sobre su explotación en espacios públicos.

Los drones son vehículos aéreos no tripulados a control remoto, que tienen su origen en el ámbito militar y los servicios de inteligencia. Se los puede aprovechar para videos o fotos caseras desde las alturas, registros de eventos artísticos, seguridad perimetral, verificación de avances de obras y para surcar los cielos a toda máquina. El condimento de los equipos destinados al ámbito doméstico es que se manejan desde un smartphone o una tableta, con iOS o Android. El drone incluye un pequeño módem que emite una señal de Wi-Fi que vincula a los dos equipos. Además, se les puede agregar un pendrive para guardar datos o un GPS para marcar un punto específico en el mapa (aunque esté fuera del alcance) y retorne al punto de partida.

Estos “abejorros” vienen en versiones de tres, cuatro, seis y ocho hélices que sirven para otorgarle un mayor equilibrio al sistema de estabilización. Para mejorar el rendimiento, pueden aceptar cámaras (siempre y cuando no superen los 3 kilos) que van desde las clásicas compactas hogareñas hasta las réflex digitales o algún modelo infrarrojo para espiar de noche.

Están alimentados por baterías recargables que –según modelo y rodaje– proporcionan unos 15 minutos de autonomía de vuelo por carga. Y lo más atrayente: ni bien se los retira de la caja, ya están listos para un vuelo de prueba.

El modelo que llegó primero a las vidrieras porteñas es el AR Drone 2.0, que se consigue en Compumundo ($ 9.000). Se trata de un cuadricóptero teledirigido fabricado por Parrot, de unos 45 cm. por 45 cm., con un peso de 380 gramos, construido con telgopor, fibra de carbono y plástico. El controlador de vuelo es la aplicación gratuita FreeFlight, disponible en Google Play y en App Store.

Para registrar todo a su paso, el bicho está dotado con dos cámaras: una frontal de 1.280 por 720 píxeles (720p o HD Ready) con una lente gran angular de 92º y otra QVGA de 320 por 210, para medir la velocidad de tierra. Las mismas pueden filmar o tomar imágenes en tiempo real y seguir en directo desde la pantalla del dispositivo que lo comanda, todo lo que ocurre desde un plano cenital.

Para maniobrar en el firmamento incorpora giroscopio, acelerómetro y magnetómetro de 3 ejes, sensor de presión y de ultrasonidos para medir distancias. Al no incluir joystick, se puede controlar mediante los movimientos del dispositivo o por dos controles táctiles que aparecen en la pantalla.

El alcance de enlace cubre un radio de 50 metros a la redonda. Si el aparato queda fuera de cobertura –algo común ya que cuenta un gran poder de aceleración– automáticamente se posicionará en un modo estabilizado sin avances.

Esta innovadora industria tiene a muchos entusiasmados, pero grupos defensores de los derechos civiles advierten de un cielo invadido por drones, espiando y perturbando la intimidad de las personas. “Todo aparato que se incorpora al espacio aéreo constituye un peligro, sobre todo si atraviesa núcleos urbanos. Y si bien es necesaria una regulación, va a llevar tiempo conseguirlo. Sobre todo porque todavía se desconoce la capacidad técnica de estos vehículos. ¿Esto va a afectar el derecho a la intimidad y la propiedad? Nadie lo puede asegurar. Hay que tomar consciencia de que no es un juguete y es importante que el dueño del equipo se registre, para que en caso de accidente se pueda identificar al propietario” explica la doctora Yolanda Fernández, directora de la Escuela Técnica de Aviación Profesional (ETAP).

“Los drones deberían ser considerados aeronaves. Hasta que no haya una normativa no debería permitirse su uso civil. Como el equipo podría dañar a terceros, los pilotos deberían hacer un curso para conocer sus limitaciones y las maniobras posibles. A esto habría que sumarle un registro en el que se declare para qué y quién lo va a usar. De todo modos, para uso estatal, pueden ser de gran ayuda en casos de emergencia como en un incendio o un derrumbe” reflexiona el sociólogo Andrés Pérez Esquivel, miembro de la Red Latinoamericana de Vigilancia, Tecnología y Sociedad.

El asunto llega hoy a la Legislatura. Los legisladores Pablo Bergel y Gustavo Vera invitan a la charla-debate “Drones sobre la Ciudad”, a las 18.30.

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Por ★Noticias Cool★